Aquí donde me ven

Soy hijo único (creo que eso pensaba mi madre de mí a pesar de mis 5 hermanos); padre hasta el final de mis días (intentaré que los hijos no lo noten); abuelo poeta, diseñador de proyectos de largo aliento. Mentor sempiterno, constructor de aprendizajes, incluído el de mí mismo.

Y lo demás que soy, está entre líneas (en mis textos).



21 de septiembre de 2011

Me llamo Juan*

Me llamo Juan. Soy un niño de diez, un joven de treinta, un adulto de cincuenta años. Todo a la vez. Me hubiera gustado llamarme Carlos Augusto, Mario Daniel o Kevin Eduardo, como los personajes del cine y la televisión; pero mis padres no pensaron en eso. Nací en un poblado de calles irregulares e incomprensibles (la avenida central no es la central). Fui a la escuela ya pasado de edad y estrené mi primer par de zapatos cuando el calor no lo ameritaba; pero eso sí, aún no entendía bien a bien esta vida, y ya sabía de la otra, la que hay después de la muerte, gracias a los contundentes preceptos de las monjas. Esto, creo, muy prematuramente. 

Mi pueblo es maravilloso. Se llena de gente los domingos, se comercia, se intercambia, se convive, se habla en una y otra lengua como en una Babel civilizada. La sombra de los árboles, apostados por mano divina a lo largo del río, es el mejor cobijo para la charla, el negocio o el encuentro con la paz. En época de lluvias se sale poco a la calle. Lo mejor es quedarse en casa, con la familia, con una taza de café como pretexto para alargar la plática hasta la hora de dormirse.

Dicen que gente venida de lejos pobló hace tiempo este breñal. Tenían los ojos azules y la intención de hacer fructificar la tierra. Eran aventureros y pacíficos, si esto es posible. Con la primera virtud atravesaron el mar y domaron la montaña; con la segunda convivieron con los antiguos pobladores y cumplieron lo que bien parecía una predestinación. Al principio, la fuerza de la moral antigua no permitió la mezcla de las sangres; por eso prevalecieron los ojos claros y la piel rosada. Pero el tiempo no pasó en vano. Ahora somos como somos, y cada vez más orgullosos de serlo.

Juan me llamo pero no siempre soy el mismo. A veces soy el niño timorato, lleno de miedo y cargos de conciencia, que le teme a lo que hay detrás de la puerta; otras, soy el adulto que se angustia por no saber que hay al fondo del próximo minuto; algunas más, el jovencito que apenas descubrió hoy a la niña de enfrente, como si jamás hubiera existido. Pero también soy el que ama la música, el que lee entre líneas la sabiduría del viento, el que quiere saber qué viene en la siguiente página del libro.

Estoy lleno de hijos e hijas, de abuelos y abuelas, de padres y esposa, de vecinos condescendientes y mucho azul en los ojos. Esto último de tanto mirar al cielo, que en este rincón del mundo bien se puede tocar sin empinarse. No tengo apellido ilustre, pero de eso nadie tiene la culpa. De llamarme Juan, sí; de no dejar de asombrarme, sí; de andar ufano por la vida, también.

Y si llamarse Juan no es suficiente, porque hace falta genealogía para impostar el nombre, ahí está el recurso de la reencarnación... o el del registro extemporáneo.
*Una prosa más. Inédito.

2 comentarios:

  1. Impecable tu prosa Hugo; nada que hacer. Eso mezclado a la prolijidad con que escoges tus temas hacen que leerte sea una aventura siempre acrecentadora de nuestro mundo interior.

    Me gustó mucho.

    Amanda Espejo

    ResponderEliminar
  2. Te vengo a ver aquí, Hugo, donde nadie entra. Haces falta con tu forma de ser tan transparente y positiva. No suelen ser las personas como tú. Parece, disfrutaran siendo extrañas toda la vida, u oportunistas al escoger el camino.
    Se te extraña,mucho, no hay duda.

    ResponderEliminar

Coméntame, me gusta.